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El Grupo de Estudios Sociales y Económicos del Tercer Sector (GESES) de la Universidad de Zaragoza viene investigando desde finales de los años noventa en el ámbito del Tercer Sector, las empresas de inserción, la participación, etc. En el marco de esa actividad, cuatro de sus miembros han publicado recientemente el libro que ahora reseñamos y que analiza el sector de las organizaciones no gubernamentales para el desarrollo (ONGD) en España, como un medio para “observar y analizar empíricamente el papel de las organizaciones no lucrativas en la creación y desarrollo del capital social”. El libro constituye un estudio de enorme interés, que analiza un tema hasta ahora no abordado en España en estos términos y que puede ser de gran utilidad: no sólo para quienes desde un punto de vista que podríamos llamar “externo” están interesados en conocer la realidad social española, sino también para quienes desde el punto de vista de las propias ONGD quieren moverse en ese contexto con posibilidades de éxito.
En mi opinión hay dos grandes ideas-fuerza que parecen orientar la aproximación a la noción de capital social que se hace en este libro. En primer lugar, el capital social aparece como un factor que puede contribuir a generar e incrementar la riqueza social, económica y política de una comunidad: una sociedad “donde existe un sólido entramado social basado en la corresponsabilidad —tanto en el ámbito privado como en el público— va a ser una sociedad más próspera y rica”. Es verdad que se trata de un concepto multifacético, susceptible de aproximaciones diversas y que puede responder a diversas perspectivas ideológicas, pero en general el capital social es o puede ser identificado en términos de participación, confianza, implicación o compromiso social, etc.; valores todos ellos que contribuyen a articular la cohesión social y contribuyen a una mayor prosperidad y bienestar social. Sin embargo, como parecen querer subrayar en algún momento con su análisis los autores de este libro, en su versión o enfoque puramente individualista, el capital social puede no tener sólo efectos negativos sino convertirse —¿como toda forma de capital?, podríamos preguntarnos—, en fuente de exclusión (“la lógica del club”). Por eso, en segundo lugar, en el libro se insiste en poner de relieve no sólo la dimensión relacional del capital social (“El capital social no es propiedad del individuo. Cada sujeto disfruta del capital social en la medida en que lo crea y lo recrea”) sino también su dimensión social, colectiva o comunitaria (aunque, como se dice en algún momento, su utilidad también pueda ser “particular”).
El libro está estructurado en tres partes. Aunque no sean independientes, cada una de ellas constituye un esfuerzo de aproximación autónomo (teórico, en el primer caso, y de carácter empírico en los dos segundos) que puede ser susceptible incluso de una lectura por separado. En el primero de esos tres capítulos (“Capital social: revisando las teorías”) se hace una aproximación teórica a la noción de capital social y una revisión de las diferentes definiciones sobre dicha noción, distinguiendo tres grandes enfoques o puntos de vista: el capital social visto desde las personas, desde las organizaciones y desde lo global de la sociedad en sus relaciones con el Estado. Esa revisión inicial sirve de introducción para pasar a profundizar en el segundo de los enfoques (el que podríamos llamar “organizacional”), ofreciendo algunas claves de lectura sobre las organizaciones no lucrativas (ONL), entendidas como “un elemento sustancial de la generación, construcción y cuantificación del capital social de una sociedad”.
En su análisis, los autores entienden que para generar capital social las entidades deben cumplir, al menos, tres condiciones necesarias: “asignar eficientemente sus recursos, ser eficaces a la hora de cumplir sus objetivos y atender a las necesidades y requerimientos de sus grupos de interés”. Admitido ese punto de partida, además, proponen siete criterios de interpretación para evaluar el funcionamiento de las ONL y su contribución a la generación de capital social: su alcance (horizonte de actuación), su permeabilidad o grado de apertura a las demandas del entorno, el grado de profesionalización y burocratización de su gestión, el grado de estabilidad y autonomía en su financiación, el peso de los sujetos dentro de la organización (participación), su interconexión con otras organizaciones o incorporación a redes y, por último, el grado de transparencia (rendición de cuentas). Pero como apuntábamos anteriormente, los autores no dejan de subrayar que el hecho de que exista un fuerte tejido social no es sinónimo, automáticamente, de una sociedad saludable “cuando los vínculos que atan a los miembros de una entidad sirven para excluir y separarse de los otros”.
El capítulo segundo (“Participación, confianza y capital social: una aproximación al capital social en España”) pretende visibilizar la realidad española en términos de capital social a través de la descripción y el análisis de la participación en ONL (evolución de la creación de organizaciones y grado de afiliación y vinculación a las mismas), la participación electoral y en otras actividades políticas (como firmas de apoyo y manifestaciones) y la confianza interpersonal (esto es, el grado de personas que confían en los demás). El análisis de los datos que ofrecen diferentes encuestas a nivel nacional y europeo sobre esos tres indicadores lleva a los autores a la conclusión de que la situación española en términos de capital social es claramente inferior en relación a nuestros vecinos europeos (según el índice de capital social que elaboran, a partir de los datos de la European Social Survey, España ocuparía el penúltimo lugar, por delante de Portugal y seguido de Reino Unido e Italia).
La conclusión es tajante a este respecto: el contexto no es propicio para el desarrollo de las actividades de las ONGD, que van a trabajar en una sociedad “difícil de convencer para que se vincule a organizaciones”, sobre todo si el apoyo requiere algún tipo de compromiso personal. Por ejemplo, a partir de la evolución y de los valores que presenta el estudio, “en el caso de la participación y de la confianza interpersonal vemos que en España tenemos los porcentajes más bajos de los países europeos de la muestra, mientras que la participación en elecciones muestra un porcentaje de voto de los más altos”. Una tendencia que casa perfectamente por una participación social de carácter más bien pasivo —o consumidor— basada en el anonimato, con las limitaciones que ello conlleva en orden a fortalecer la cohesión social.
Por último, en el tercer capítulo del libro (“Construyendo capital social: las ONGD”), se desciende al estudio del sector de las organizaciones no gubernamentales para el desarrollo en España; un sector que, como allí se dice, “en los últimos veinte años ha pasado de la nada a ser un sector consolidado, dinámico y en crecimiento”. Para ello, se repasa la evolución del contexto político de la cooperación al desarrollo en España y se examinan los rasgos principales del sector de las ONGD (número de entidades, forma jurídica y distribución territorial, fundamentalmente), centrándose, finalmente en la Coordinadora de ONGD (CONGDE), nacida en los años ochenta como un lugar de encuentro que actualmente agrupa a las organizaciones más importantes por el volumen de fondos y actividades públicas.
Como tal lugar o punto de encuentro, el espacio de las ONGD no está exento de tensiones. En el estudio coordinado por Carmen Marcuello se ponen de relieve especialmente algunas de ellas: la profesionalización, la identidad, la financiación… por no hablar de las relaciones con el poder político. Pero, en todo caso, el análisis de los datos de la coordinadora de ONGDE (entidades inscritas, estructura y evolución de ingresos y gastos, recursos humanos y resultados más destacados) muestra un “sector que poco a poco se ha consolidado como referente de los valores de cooperación y ayuda hacia los países necesitados de un desarrollo sostenible y sostenido en el tiempo”.
El capítulo tercero se cierra, finalmente, con un análisis de las ONGD como fuente de capital social, a partir de la revisión de las encuestas de opinión existentes sobre el grado de confianza que merecen las ONGD y de la participación en las propias organizaciones, sea una colaboración económica o personal (voluntariado), ocasional o permanente, etc. Así, mientras que los datos de las encuestas parecen indicar un alto conocimiento de la existencia de tales organizaciones (algo más del 88% de los encuestados, según el estudio 2419 del CIS, de 2001) y un amplio margen de confianza en las mismas (casi el 79% valoran bien o muy bien su trabajo, según la misma encuesta), sin embargo, eso no se traduce en una implicación o participación activa en ellas: “sólo el 54,1% de los encuestados declara realizar alguna donación esporádica como respuesta a campañas de ayuda a zonas del mundo afectadas por catástrofes naturales” y menos aún (el 35,8%) declara colaborar con cuotas o donaciones. Y la colaboración activa —dedicando tiempo como voluntarios— es muy reducida. Es decir: “las ONGD tienen una gran capacidad de convocatoria en personas que quieren colaborar en catástrofes y capacidad para sensibilizar a la población en cuanto a las aportaciones de dinero. Sin embargo, la colaboración mediante las contribuciones de tiempo es comparativamente menor”.
Con todo, las ONGD constituyen un espacio privilegiado de producción de capital social. Aplicando al caso concreto de las organizaciones no gubernamentales para el desarrollo los criterios y la definición esbozada con carácter general en el primer capítulo, los autores llegan a la conclusión de que, como decimos, las actividades de estas organizaciones trascienden su ámbito propio e impactan en la ciudadanía y se convierten así en fuente de capital social. Ahora bien, acaban diciendo, “todo ello está sometido a tensiones y controversias. Da la impresión de que es un sistema frágil, aunque resulte sólido y resistente”. Por ello, el reto es continuar consolidando el espacio y el sector apostando por la denuncia y la transformación, porque en ello “está en juego el capital social de la sociedad española y nuestra propia prosperidad futura”.
Andrés García Inda